miércoles, 3 de abril de 2013



 “EL ESTIGMA SOCIAL DE LAS DEMENCIAS”






   Normalmente asociamos la demencia a la pérdida de memoria.  Sin embargo, la pérdida de memoria por sí sola no es demencia.  La pérdida de memoria puede ser causada por una edad avanzada e incluso hay personas jóvenes muy desmemoriadas.  Para que podamos hablar de demencia se tienen que dar otros síntomas tales como dificultad en la realización de las actividades de la vida diaria y cambios de comportamiento.
   
   La demencia, pues, es una enfermedad o síndrome que se manifiesta en un conjunto de síntomas que pueden ser reversibles o cursar con un gradual deterioro cognitivo.  Aunque la edad avanzada es un factor de riesgo para padecer una demencia, no es cierto que todas las personas mayores sufran demencia.  Existe un envejecimiento normal en el cual las facultades mentales, si bien pueden ralentizarse un poco, mantienen su funcionalidad.
   
   Partiendo de la base de que la demencia es una enfermedad, como tal debe ser tratada y asumida.  La persona que la padece no tiene culpa de estar enferma,  ni de no ser capaz de realizar ciertas tareas o de tener un comportamiento extraño.  No es que no quiera, es que no puede.
    
   Entre las consecuencias más frecuentes que produce la demencia están: la pérdida de autonomía personal y el aislamiento social.
   
   La pérdida de autonomía  representa un drama para la persona que la padece.  Los seres humanos nacemos absolutamente desvalidos y dependientes de los demás, necesitamos al cien por cien que se ocupen de nosotros y nos cuiden, sin esos cuidados y atenciones pereceríamos enseguida.  Según vamos creciendo y aprendiendo, conquistamos cada vez más parcelas de autonomía personal y necesitamos menos la ayuda de otros.  Valernos por nosotros mismos es un gran logro del desarrollo de la persona y no en vano consideramos un fracaso que un joven adulto no sea capaz de hacerse cargo de sí mismo.  Lógicamente, perder la autonomía personal, a causa de una enfermedad o un accidente, se vive como un drama y un fracaso y provoca una profunda tristeza en quien tiene que padecerlo.
   
   El aislamiento social es consecuencia inexorable de las demencias.  El enfermo, al perder facultades como el pensamiento y el lenguaje, comienza a inhibirse en las relaciones con los demás.  Ante la frustración que le supone no entender, no encontrar las palabras que necesita, no recordar lo que iba a decir, prefiere callar.  Ha perdido el código que le permitía comunicarse con los demás y se siente náufrago en un mundo que le resulta extraño.  Si además de todas estas dificultades, añadimos el rechazo de su entorno, el enfermo con demencia está condenado a una dolorosa soledad.



 
La vida social es uno de los pilares de la humanidad y de la civilización
     
   Cuando una persona es diagnosticada de alguno de los tipos de demencias que existen, los especialistas recomendarán a los familiares que procuren que se mantenga activo y que realice por si mismo todo lo que pueda, que reciba estimulación cognitiva para ralentizar el deterioro de la mente y que mantenga su vida social lo máximo posible.  Aparte, claro está, de medicación y otros tipos de tratamientos no farmacológicos.  Actividad, estimulación, socialización. 
   
   Todos sabemos de los beneficios de mantenernos activos y ocupados, especialmente al llegar a la edad de jubilación.  Esto nos hace estar en forma, sentirnos útiles, alejar la depresión y retrasar el envejecimiento.  Valernos por nosotros mismos, como ya hemos visto antes, puntúa muy alto en la construcción de una sana autoestima.  ¡Mens sana in corpore sano!
    
   La estimulación cognitiva tiene como finalidad frenar en lo posible el deterioro mental.  Sabemos que en la enfermedad de Alzheimer y en otras demencias, el deterioro cognitivo es gradual e irreversible, pero se puede acelerar si el enfermo no recibe un correcto tratamiento.  A la inversa, con una adecuada intervención terapéutica, se pueden conservar sus facultades durante más tiempo, resultando de ésto una mayor calidad de vida y un mejor desenvolvimiento del enfermo en su actividad diaria.  Aunque no se padezca una demencia, la estimulación cognitiva en personas maduras ayuda a mantener el cerebro en forma, reforzando las conexiones neuronales y dotando al cerebro de más recursos para enfrentar el envejecimiento y la muerte de las neuronas.
    
   Sabemos que los primeros humanos ya poseían una organización social rudimentaria, al igual que sabemos que un niño recién nacido muy pronto comienza a interactuar con las personas de su entorno.  Qué impacientes esperamos la primera sonrisa de un bebé y qué alegría sentimos cuando llega ese momento.  La sonrisa y la mirada, antes que la palabra,  son los primeros signos del reconocimiento mutuo y el comienzo de la vida social de toda persona.  Nuestra salud física, mental y emocional va a depender toda nuestra vida de la calidad y solidez de nuestros vínculos sociales.
    
   Por fin llegamos al propósito inicial de este artículo… enfrentar la cruel realidad del estigma social que pesa sobre las demencias y sobre las personas que las padecen.  Miedo, rechazo, ignorancia,  acompañan a estos enfermos desde tiempos inmemoriales y desgraciadamente aún lo siguen haciendo.  Asociamos demencia con locura y eso despierta en nosotros todo tipo de fantasmas que nos asustan.  Muy probablemente, perder la razón sea el miedo más fuerte y extendido después de perder la vida, incluso más fuerte que el miedo a perder la salud física. Pensamos que si perdemos nuestra identidad, nuestros recuerdos y nuestra capacidad para funcionar y comportarnos de una forma correcta, la vida ya no merece la pena.  Cuando vemos a un enfermo de demencia, esos miedos se avivan en nosotros, nos exponemos a una realidad que nos hiere y que preferimos ignorar.  A partir de ahí, el rechazo hacia el enfermo está servido.
 


 
    


   Muchos familiares de pacientes con demencia detectan estas reacciones negativas a su alrededor y en un intento amoroso por evitarles este nuevo sufrimiento, lo aíslan y lo mantienen prácticamente escondido, lejos de las miradas de incomprensión de otras personas.  Vean como al aislamiento propio de la enfermedad ahora se suma el aislamiento social de la incomprensión y el rechazo.  Doble dolor…  doble soledad.  Por otro lado, la familia con un enfermo se va aislando también de su círculo social, dejan de recibir visitas y de hacerlas, dejan de participar en actividades sociales y van viendo como su círculo humano se va estrechando.
    
   Cuando más falta hace el contacto con los demás, su apoyo e interés, ayuda, consuelo, el calor de un abrazo… se produce un vacío terrible.  El enfermo necesita mantener su vida social, como se ha comentado antes, sentirse parte de su comunidad y del mundo y se ve privado de este derecho fundamental en medio de su desvalimiento.
    
   Los familiares con un paciente de demencia deben saber que aislar a su ser querido no le ayuda, que aún cuando lo expongan a la incomprensión de los demás, deben mantenerle unido a la sociedad. Que es bueno para él salir, pasear, conversar con otras personas, participar en actividades recreativas siempre que no sean estresantes y estén adaptadas a su estado de salud. Seguir viviendo con naturalidad, en definitiva.
   
   La sociedad debe aprender a convivir con estos enfermos, a interesarse por sus problemas, a intentar comprender por qué se comportan de una forma extraña.  Hacerse solidarios con quien padece este drama y tender la mano, ofrecer apoyo emocional, intentar ayudar a la familia a sobrellevar su pesada carga.  Piensen que nos podría pasar a cualquiera. Entre todos podemos hacer mucho por una mejor calidad de vida y un trato más humano para estas personas.

jueves, 21 de marzo de 2013

   

“LA COMUNICACIÓN CON EL ENFERMO DE ALZHEIMER: UN PROCESO DE RE-APRENDIZAJE”

 

 



  Todos sabemos que somos seres sociales. La comunicación interpersonal es una de las habilidades que precisamente nos define como seres humanos. El poder compartir con nuestros semejantes nuestras ideas, sentimientos, recuerdos y proyectos de futuro es fundamental para tener una buena vida y unas buenas relaciones sociales.

   La enfermedad de Alzheimer se caracteriza por un deterioro gradual de las facultades cognitivas que afectan al pensamiento y al lenguaje, entre otras cosas. Aunque principalmente se asocia a la edad avanzada, puede aparecer en personas jóvenes.
   Este deterioro del pensamiento y del lenguaje y por ende, de la comunicación, va provocando en el enfermo de Alzheimer un progresivo aislamiento de su entorno y de sus seres queridos. Así mismo, las personas que le rodean sienten mucha tristeza al ver como no consiguen ya comunicarse eficazmente con él. Por ello, es muy importante aprender pautas correctas de actuación y desarrollar al máximo nuestra empatía y paciencia, ya desde el momento de la aparición de los primeros síntomas.
   
   En la primera fase de la enfermedad el deterioro aún es leve: se olvidan palabras concretas, se pierde la memoria del presente, pero aún se conserva mucho vocabulario y permanece intacta la memoria del pasado. Desafortunadamente, ya en esta fase inicial, el enfermo siente que no puede expresarse como antes y ante su temor a no ser comprendido, prefiere inhibirse en la comunicación con los demás. Así comienza su camino hacia el aislamiento.
   En esta etapa del desarrollo de la enfermedad el objetivo es conservar y reforzar todas las capacidades que el paciente aún posee, logrando así frenar un poco su deterioro. Hablarle lentamente y vocalizando bien, expresarnos con frases sencillas y claras, repetir cuantas veces haga falta para que el enfermo pueda captar lo que le queremos decir. El tono de la voz, que sea neutro y cálido. La expresión corporal, los gestos, han de ser suaves y amistosos para evitar asustarle. Hay que mirarle a los ojos para captar su atención y, lo fundamental y más importante, ponernos nosotros a su nivel, porque él no puede ya ponerse al nuestro.




   


   En fases más avanzadas de la enfermedad, el lenguaje pierde todo su sentido. Si aún habla algo, lo hace de forma totalmente ilógica e incomprensible. Al final, desaparece por completo.
   En este momento tardío de la enfermedad, el lenguaje verbal ya no es comprendido por el paciente y el lenguaje no verbal, la expresión corporal, ganan protagonismo. El tono cariñoso de la voz aún lo reconocen, aunque no entiendan lo que se les dice. El contacto físico suave, las caricias, el calor de un gesto de ternura son las mejores armas que tenemos para tranquilizarle y hacerle sentir que se le quiere y es alguien importante para nosotros.
 
   En todas las etapas de la enfermedad es fundamental tratarle con respeto y cariño. Hay que verle siempre como la persona que es, con una biografía, una personalidad, con sus logros, sus batallas y todo su bagaje vital. En lo posible, conviene mantenerle en su ambiente habitual, rodeado de las personas y objetos que le son familiares: fotos, libros, su sillón, su música preferida, son elementos que le aportarán confort, ralentizarán el deterioro cognitivo y le ayudarán a mantener viva su personalidad durante el máximo tiempo posible.
  

   Un enfermo de Alzheimer es, hasta el último minuto de su vida, una persona digna de amor y respeto. Depende de nosotros y de nuestro correcto manejo de la situación, que reciba los mejores cuidados y que se sienta digno y amado.


Artículo publicado en el diario La Prensa de Nicaragua

lunes, 18 de marzo de 2013

 

"PREPARAR LA JUBILACIÓN PARA VIVIRLA EN 

PLENITUD"

 




   En el último siglo, los avances en medicina han logrado alargar la esperanza de vida. Hoy por hoy se vive más, pero no siempre esa ganancia en años se refleja en una ganancia en calidad. Con el aumento de la esperanza de vida, ha aumentado también la incidencia de enfermedades degenerativas y las probabilidades de que una persona sea dependiente al final de su ciclo vital.

   El concepto de calidad de vida es relativamente nuevo en nuestra sociedad. Vivir más pero también vivir mejor se ha convertido en un verdadero reto para cualquier sociedad que promueva el bienestar de sus ciudadanos. Especialmente la llegada de la jubilación representa  una oportunidad para tomar conciencia de la importancia de las medidas preventivas ante los daños ocasionados por el envejecimiento. Todos sabemos que mantenerse activo y con una actitud positiva ante la vida, son los mejores antídotos contra los efectos de la edad.

   La sociedad se encarga de prepararnos en cada una de las etapas vitales, se nos asigna un rol y se establecen unas reglas cuando somos estudiantes y posteriormente en nuestra acceso al mundo laboral. Un joven estudiante sabe lo que la sociedad espera de él y sabe que si cumple los requisitos obtendrá un diploma de paso a la siguiente etapa. Durante todo el tiempo de su vida laboral, un adulto se desenvuelve en un marco de referencia que le va dictando cuales son los objetivos y los procesos necesarios para alcanzarlos. La sociedad se encarga de diseñarnos un plan preciso para cada etapa de nuestra vida… hasta que llega el momento de la jubilación.




    

     No existe un plan establecido socialmente para las personas jubiladas, la sociedad no nos asigna ningún rol determinado en esta etapa. Se supone que hemos alcanzado la libertad plena de hacer lo que lo queramos de aquí en adelante y que con eso es suficiente. De pronto dejamos de ser guiados en el proceso vital y nos encontramos ante el enorme reto de dotar de sentido nuestro vivir. Puede ser un privilegio, pero también puede ser, y de hecho lo es en muchos casos, un serio desafío a nuestra capacidad para vivir con calidad y en plenitud.

    Con un poco de suerte, cuando llegue ese momento habremos sido previsores y tendremos un plan económico para afrontar la disminución de poder adquisitivo que se deriva del paso de asalariado a pensionista. A lo mejor hasta hemos programado un cambio de residencia para buscar un entorno más tranquilo y gratificante. Con esto pensamos que ya no nos resta más que empezar a disfrutar nuestro bien merecido retiro, nos imaginamos un idílico dolce far niente rodeados de nuestros seres queridos y con todo el tiempo del mundo para disfrutar de los placeres de la vida.

   Sin embargo, cuando llega ese ansiado momento, muchas personas sienten una profunda decepción y no consiguen que su vida sea como lo habían soñado. Aparecen múltiples problemas que nos amargan nuestro dulce retiro y nos sorprendemos a nosotros mismos añorando el trabajo y la rutina que tanto nos pesaba antes. 




¿Qué pasó con nuestro sueño de libertad y placer?

 

  A casi nadie se le ocurre pensar que lo que ha fallado ha sido la falta de planificación, que no nos preparamos bien para afrontar los retos que nos esperaban. Son muy pocas las personas que elaboran anticipadamente un plan para la jubilación más allá de algunos aspectos económicos y legales. Se supone que vamos a saber organizar nuestra vida y todo el tiempo libre que tenemos de forma natural. Pero no es así, recordemos que hasta ahora hemos tenido siempre un marco de referencia que la sociedad nos ha dado hecho, además de un rol definido para relacionarnos con nuestro entorno. 

   Ahora tenemos toda la libertad para crear nuestro propio marco de referencia y dotarnos del rol que queremos asumir, pero… ¿sabemos cómo se hace? Elaborar un plan vital para nuestra madurez no es tarea sencilla si no tenemos unas pautas básicas de cuales son los aspectos que debemos contemplar, cuales son los problemas que vamos a tener que afrontar y de que estrategias disponemos para resolverlos. Especialmente si vivimos en una comunidad que carece de recursos destinados a la tercera edad, o estos son escasos, vamos a tener que hacer un esfuerzo de creatividad.

  Para elaborar un buen plan vital, necesitamos tener conocimiento de los efectos del envejecimiento sobre el organismo, las emociones y la personalidad. Tenemos que ser capaces de realizar una autoexploración para detectar aquellos aspectos en los que probablemente vamos a tener problemas. Hemos de pensar en estrategias de afrontamiento de los problemas, basadas en el conocimiento honesto de nuestras fortalezas y debilidades, de forma que podamos apoyarnos en nuestras capacidades y recursos. De esta manera, podemos empezar a vivir el reto de la madurez con ilusión y confianza, sabiendo que será una etapa de cambios y adaptaciones, pero también de nuevos proyectos y de enriquecimiento vital.

   Merece la pena dedicar tiempo a esta tarea. El conocimiento iluminará un espacio que puede parecernos inquietante, la autoexploración nos dotará de confianza en nosotros mismos así como en nuestros recursos y en definitiva, nos sentiremos menos vulnerables y más protagonistas de nuestro destino. Hemos sido aprendices y guerreros de la vida… ahora nos toca ser sabios. De nosotros depende hacer que la última etapa de nuestra travesía sea vivida con plenitud, armonía y bienestar. Tenemos derecho, nos lo merecemos, hagámoslo realidad.


Artículo publicado en El Universal de Venezuela