jueves, 21 de marzo de 2013

   

“LA COMUNICACIÓN CON EL ENFERMO DE ALZHEIMER: UN PROCESO DE RE-APRENDIZAJE”

 

 



  Todos sabemos que somos seres sociales. La comunicación interpersonal es una de las habilidades que precisamente nos define como seres humanos. El poder compartir con nuestros semejantes nuestras ideas, sentimientos, recuerdos y proyectos de futuro es fundamental para tener una buena vida y unas buenas relaciones sociales.

   La enfermedad de Alzheimer se caracteriza por un deterioro gradual de las facultades cognitivas que afectan al pensamiento y al lenguaje, entre otras cosas. Aunque principalmente se asocia a la edad avanzada, puede aparecer en personas jóvenes.
   Este deterioro del pensamiento y del lenguaje y por ende, de la comunicación, va provocando en el enfermo de Alzheimer un progresivo aislamiento de su entorno y de sus seres queridos. Así mismo, las personas que le rodean sienten mucha tristeza al ver como no consiguen ya comunicarse eficazmente con él. Por ello, es muy importante aprender pautas correctas de actuación y desarrollar al máximo nuestra empatía y paciencia, ya desde el momento de la aparición de los primeros síntomas.
   
   En la primera fase de la enfermedad el deterioro aún es leve: se olvidan palabras concretas, se pierde la memoria del presente, pero aún se conserva mucho vocabulario y permanece intacta la memoria del pasado. Desafortunadamente, ya en esta fase inicial, el enfermo siente que no puede expresarse como antes y ante su temor a no ser comprendido, prefiere inhibirse en la comunicación con los demás. Así comienza su camino hacia el aislamiento.
   En esta etapa del desarrollo de la enfermedad el objetivo es conservar y reforzar todas las capacidades que el paciente aún posee, logrando así frenar un poco su deterioro. Hablarle lentamente y vocalizando bien, expresarnos con frases sencillas y claras, repetir cuantas veces haga falta para que el enfermo pueda captar lo que le queremos decir. El tono de la voz, que sea neutro y cálido. La expresión corporal, los gestos, han de ser suaves y amistosos para evitar asustarle. Hay que mirarle a los ojos para captar su atención y, lo fundamental y más importante, ponernos nosotros a su nivel, porque él no puede ya ponerse al nuestro.




   


   En fases más avanzadas de la enfermedad, el lenguaje pierde todo su sentido. Si aún habla algo, lo hace de forma totalmente ilógica e incomprensible. Al final, desaparece por completo.
   En este momento tardío de la enfermedad, el lenguaje verbal ya no es comprendido por el paciente y el lenguaje no verbal, la expresión corporal, ganan protagonismo. El tono cariñoso de la voz aún lo reconocen, aunque no entiendan lo que se les dice. El contacto físico suave, las caricias, el calor de un gesto de ternura son las mejores armas que tenemos para tranquilizarle y hacerle sentir que se le quiere y es alguien importante para nosotros.
 
   En todas las etapas de la enfermedad es fundamental tratarle con respeto y cariño. Hay que verle siempre como la persona que es, con una biografía, una personalidad, con sus logros, sus batallas y todo su bagaje vital. En lo posible, conviene mantenerle en su ambiente habitual, rodeado de las personas y objetos que le son familiares: fotos, libros, su sillón, su música preferida, son elementos que le aportarán confort, ralentizarán el deterioro cognitivo y le ayudarán a mantener viva su personalidad durante el máximo tiempo posible.
  

   Un enfermo de Alzheimer es, hasta el último minuto de su vida, una persona digna de amor y respeto. Depende de nosotros y de nuestro correcto manejo de la situación, que reciba los mejores cuidados y que se sienta digno y amado.


Artículo publicado en el diario La Prensa de Nicaragua

lunes, 18 de marzo de 2013

 

"PREPARAR LA JUBILACIÓN PARA VIVIRLA EN 

PLENITUD"

 




   En el último siglo, los avances en medicina han logrado alargar la esperanza de vida. Hoy por hoy se vive más, pero no siempre esa ganancia en años se refleja en una ganancia en calidad. Con el aumento de la esperanza de vida, ha aumentado también la incidencia de enfermedades degenerativas y las probabilidades de que una persona sea dependiente al final de su ciclo vital.

   El concepto de calidad de vida es relativamente nuevo en nuestra sociedad. Vivir más pero también vivir mejor se ha convertido en un verdadero reto para cualquier sociedad que promueva el bienestar de sus ciudadanos. Especialmente la llegada de la jubilación representa  una oportunidad para tomar conciencia de la importancia de las medidas preventivas ante los daños ocasionados por el envejecimiento. Todos sabemos que mantenerse activo y con una actitud positiva ante la vida, son los mejores antídotos contra los efectos de la edad.

   La sociedad se encarga de prepararnos en cada una de las etapas vitales, se nos asigna un rol y se establecen unas reglas cuando somos estudiantes y posteriormente en nuestra acceso al mundo laboral. Un joven estudiante sabe lo que la sociedad espera de él y sabe que si cumple los requisitos obtendrá un diploma de paso a la siguiente etapa. Durante todo el tiempo de su vida laboral, un adulto se desenvuelve en un marco de referencia que le va dictando cuales son los objetivos y los procesos necesarios para alcanzarlos. La sociedad se encarga de diseñarnos un plan preciso para cada etapa de nuestra vida… hasta que llega el momento de la jubilación.




    

     No existe un plan establecido socialmente para las personas jubiladas, la sociedad no nos asigna ningún rol determinado en esta etapa. Se supone que hemos alcanzado la libertad plena de hacer lo que lo queramos de aquí en adelante y que con eso es suficiente. De pronto dejamos de ser guiados en el proceso vital y nos encontramos ante el enorme reto de dotar de sentido nuestro vivir. Puede ser un privilegio, pero también puede ser, y de hecho lo es en muchos casos, un serio desafío a nuestra capacidad para vivir con calidad y en plenitud.

    Con un poco de suerte, cuando llegue ese momento habremos sido previsores y tendremos un plan económico para afrontar la disminución de poder adquisitivo que se deriva del paso de asalariado a pensionista. A lo mejor hasta hemos programado un cambio de residencia para buscar un entorno más tranquilo y gratificante. Con esto pensamos que ya no nos resta más que empezar a disfrutar nuestro bien merecido retiro, nos imaginamos un idílico dolce far niente rodeados de nuestros seres queridos y con todo el tiempo del mundo para disfrutar de los placeres de la vida.

   Sin embargo, cuando llega ese ansiado momento, muchas personas sienten una profunda decepción y no consiguen que su vida sea como lo habían soñado. Aparecen múltiples problemas que nos amargan nuestro dulce retiro y nos sorprendemos a nosotros mismos añorando el trabajo y la rutina que tanto nos pesaba antes. 




¿Qué pasó con nuestro sueño de libertad y placer?

 

  A casi nadie se le ocurre pensar que lo que ha fallado ha sido la falta de planificación, que no nos preparamos bien para afrontar los retos que nos esperaban. Son muy pocas las personas que elaboran anticipadamente un plan para la jubilación más allá de algunos aspectos económicos y legales. Se supone que vamos a saber organizar nuestra vida y todo el tiempo libre que tenemos de forma natural. Pero no es así, recordemos que hasta ahora hemos tenido siempre un marco de referencia que la sociedad nos ha dado hecho, además de un rol definido para relacionarnos con nuestro entorno. 

   Ahora tenemos toda la libertad para crear nuestro propio marco de referencia y dotarnos del rol que queremos asumir, pero… ¿sabemos cómo se hace? Elaborar un plan vital para nuestra madurez no es tarea sencilla si no tenemos unas pautas básicas de cuales son los aspectos que debemos contemplar, cuales son los problemas que vamos a tener que afrontar y de que estrategias disponemos para resolverlos. Especialmente si vivimos en una comunidad que carece de recursos destinados a la tercera edad, o estos son escasos, vamos a tener que hacer un esfuerzo de creatividad.

  Para elaborar un buen plan vital, necesitamos tener conocimiento de los efectos del envejecimiento sobre el organismo, las emociones y la personalidad. Tenemos que ser capaces de realizar una autoexploración para detectar aquellos aspectos en los que probablemente vamos a tener problemas. Hemos de pensar en estrategias de afrontamiento de los problemas, basadas en el conocimiento honesto de nuestras fortalezas y debilidades, de forma que podamos apoyarnos en nuestras capacidades y recursos. De esta manera, podemos empezar a vivir el reto de la madurez con ilusión y confianza, sabiendo que será una etapa de cambios y adaptaciones, pero también de nuevos proyectos y de enriquecimiento vital.

   Merece la pena dedicar tiempo a esta tarea. El conocimiento iluminará un espacio que puede parecernos inquietante, la autoexploración nos dotará de confianza en nosotros mismos así como en nuestros recursos y en definitiva, nos sentiremos menos vulnerables y más protagonistas de nuestro destino. Hemos sido aprendices y guerreros de la vida… ahora nos toca ser sabios. De nosotros depende hacer que la última etapa de nuestra travesía sea vivida con plenitud, armonía y bienestar. Tenemos derecho, nos lo merecemos, hagámoslo realidad.


Artículo publicado en El Universal de Venezuela